viernes, 26 de noviembre de 2010

Competencia Laboral

Salió a la calle y prendió un cigarrillo. Mientras veía como la primer bocanada de humo formaba fantasmales figuras grises en el aire, sintió en la boca el sabor amargo del tabaco, y recordó que no había desayunado.
La ciudad comenzaba a reactivarse luego del letargo nocturno y el ritmo de los transeúntes era lento aún, como si no terminaran de despertarse del todo, sumidos en el silencio de sus rostros todavía dormidos.
Como todas las mañanas, caminaba con la indecisión propia de los que no saben a donde ir. Pasó por el puesto de diarios, tomó uno y separó metódicamente los clasificados. Hizo unas cuadras más y entró a un bar.
-Un café, no, no, sin medialunas, así, como siempre. Gracias.
Los clasificados traían lo mismo todos los días: jóvenes con moto para deliverys, ayudante para lavadero, overloquistas. Era raro que necesitaran a un profesional, o a un estudiante en todo caso, esos trabajos parecían reservados para otros.
De entre todos los avisos uno le llamó la atención. Era igual al resto: se pedía un repositor para supermercado, pero tenía algo atrayente, quizás el recuadro negro, o las letras grandes con repetitivos signos de exclamación al final de cada frase.
Miró la dirección, faltaba una hora y tenía que cruzar media ciudad, así que dejó el café como estaba y salió.
En el trayecto no pensó en otra cosa que en conseguir ese trabajo. Se preguntaba si alguien más lo habría notado, si al menos una persona se percataría de la oportunidad que tenía delante de sus ojos, y deseó que no.
Abrió el diario para recordar la dirección, pero no hacía falta, pues divisaba a dos cuadras una interminable cola de hombres que al igual que él llevaban el clasificado bajo el brazo.
Maldiciendo su suerte, recorrió toda la fila para ubicarse al final. Delante de él había un hombre que pasaba por 20 años el tope de 30 que pedía el dueño del supermercado. Vestía una camisa azul y un pantalón negro y estaba apoyado contra la pared con la mirada fija hacia adelante, lo que le daba un aire de solemnidad que no se correspondía con ese momento.
-Parece mentira, para este mercadito te piden secundario completo y buena presencia-, protestó sin mirarlo, pero inclinándose levemente hacia atrás.
Luego de recorrer con la vista la extensión de la cola, entró en un estado de desesperación. Pensaba que podían pasar meses hasta que apareciera otra oportunidad como esa y se reprochó no haberse levantado más temprano.
Tranquilizándose un poco, abrió el diario y se puso a leer una nota de la sección de sociedad que hablaba sobre la violencia que generaba en un jefe de familia la falta de un empleo. La titulaban “El síndrome del desocupado”.
Todavía faltaban quince minutos para la hora que señalaba el aviso y los aspirantes seguían llegando; la cola se había convertido en una masa humana deforme de tres cuadras y había abandonado la rigidez del principio, formando una desordenada línea zigzagueante.
A las 8, el clima se tornó tenso. Todos se miraban mal, como desconfiando del otro. Algunos comenzaron a adelantarse sigilosamente, provocando la protesta de los que habían llegado más temprano.
Cuando la puerta del súper se abrió, los que se adelantaban ya no se preocupaban por disimularlo. Del interior del local salió un hombre de 60 años, vestido de manera muy formal, que portaba un cierto aire de nobleza, como si en ese momento fuese a concretar uno de los actos más sublimes de su vida.
Ni bien se asomó para llamar al primero de la fila, siempre con aire protocolar, todos comenzaron a correr hacia la puerta.
Al ver ésto, sintió un fuego interior que lo impulsaba a seguir a esa horda descontrolada que quería arrebatarle su puesto de trabajo. Empezó a correr.
En su carrera, alguien lo tomó del hombro y lo detuvo para pasarlo, pero continuó avanzando. Al ingresar al negocio saltó al dueño, que yacía inconsciente en el suelo víctima de la estampida humana, desaparecido ya su protocolo en el rostro cubierto de sangre.
Una fuerza extraña que no podía controlar lo impulsaba hacia delante, lo obligaba a seguir corriendo. Sentía que el trabajo tenía que ser suyo.
A empujones se fue abriendo paso, siempre corriendo. Todo en el lugar estaba destrozado: los lácteos reventados, las góndolas derribadas, las cajas registradoras rotas. En un rincón el hombre de 50 años pateaba a otro, que se convulsionaba mientras recibía puntapiés en el estómago.
Un fuerte empujón interrumpió su carrera y lo derribó, pero ya no quiso levantarse, seguro que ya había perdido el trabajo.
Salió afuera, saltando nuevamente al dueño del local, que con una voz apenas audible pedía ayuda. Mientras se sacudía la ropa pensó:
-Que va a ser, así es la competencia laboral.
Abrió el diario y buscó otra dirección, tenía que llegar antes de las 9.

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